Por qué el tsunami perdonó a Valparaíso y Viña

La madrugada del 27 de febrero las ondas del tsunami que se generó tras el megasismo aparentemente esquivaron Viña del Mar y Valparaíso dejando a ambas ciudades libres de daños importantes.  En la zona norte de la región el maremoto dejó su huella en Ritoque, Quintero, la Caleta y el Club de Yates de Higuerillas; y en el sur provocó destrucción y muerte en Llolleo.

Pero los prácticamente nulos efectos del maremoto tanto en el Puerto como en la Ciudad Jardín no son casualidad. El ingeniero civil y doctor en ingeniería de costas, Patricio Catalán, académico del Departamento de Obras Civiles de la Universidad Técnica Federico Santa María, explica que esto se debe a que “gran parte de la zona urbana de Valparaíso y Viña del Mar se encuentra elevada respecto del nivel medio del mar,  con una diferencia de cinco o más metros”.

Para el experto en tsunamis, esto significa que olas menores de esa altura no generan un efecto significativo sobre zonas pobladas, a diferencia de lo ocurrido en los lugares donde sí se apreciaron secuelas que se encuentran en zonas bajas y muy cercanas al mar.

Si bien la costa de la región experimentó pérdida de vidas y destrucción de una magnitud muy inferior a lo acontecido en la franja costera del Maule y Biobío -zona epicentral del megasismo que produjo ondas de tsunami que viajaron cerca de 550 kilómetros a lo largo del litoral nacional-, los vaivenes del océano no fueron menores.

El doctor Catalán estima que las primeras manifestaciones del maremoto ocurrieron a los pocos minutos del terremoto, pero en los sitios donde no fueron destructivas lo más probable es que las personas no se percataron, por estar preocupadas por los efectos en tierra. “Sin embargo, los mareógrafos, instrumentos que miden la marea, detectaron esas oscilaciones”, acota.

El ROL DE LA LUNA Y EL SOL

 

Pese a que el movimiento telúrico pudo haber sacudido al país en cualquiera de las cuatro fases lunares, para suerte del país ocurrió bajo la influencia de una incandescente luna llena. Y aunque a simple vista ese aspecto parezca un insignificante detalle, en realidad, el calendario lunar de ese momento marcó diferencias significativas e influyó directamente en que esa noche se contara con una marea baja.

Sobre este punto, el especialista destaca que “al momento del terremoto, nos encontrábamos en una situación de luna llena, que corresponde al período del mes en que la marea alcanza valores extremos, y más aun, era el momento de la marea más baja del día”.

En la zona de Talcahuano, detalla, el rango mareal es del orden del 1.60 m y las oscilaciones en los mareógrafos por el maremoto son también del mismo orden. A su juicio, eso significa que en algunos lugares el maremoto alcanzó niveles un poco más altos que la marea más alta. “De haber ocurrido a la hora de la marea más alta, el efecto podría haber sido mucho mayor”, resume.

Tomando en cuenta este escenario, se puede decir entonces que con certeza la baja marea de dicha noche fue un factor que contribuyó a disminuir la estela destructiva del mar.  

EL TSUNAMI DE 1730

Aunque la altura de Valparaíso y Viña del Mar se inclina a favor de la población en caso de tsunami, la historia demuestra con creces que cuando el mar se agita violentamente la fuerza de su expansión es considerable. Prueba de esto es el tsunami de 1730, que según descripciones de la época inundó el sector de El Almendral, es decir, donde hoy se encuentra el Congreso.

De los terremotos históricos generadores de tsunami en la zona, relata el académico, el de 1730 es el que provocó el maremoto más importante. Y si en el pasado las aguas del océano ingresaron hasta las calles de Valparaíso no existen razones para pensar que en el futuro no puedan volver a hacerlo. “El hecho de que ocurrió en algún momento es prueba de que puede ocurrir de nuevo”, opina Catalán.

Además de eso, menciona el evento acontecido en 1822 que dejó algunas embarcaciones en las cercanías de la Aduana.

NECESIDAD DE ALARMA

De acuerdo a informaciones científicas Chile presenta la mayor producción de tsunamis por kilómetro, incluso, más que Japón. Por eso, resulta incomprensible que este tópico haya pasado por tanto tiempo a segundo plano. “Lamentablemente la memoria es frágil y los recursos escasos”, comenta el experto, quien igualmente subraya que quienes se relacionan con el tema estaban conscientes del riesgo y no sólo a nivel científico sino también de la población.

Y la derruida ciudad de Talcahuano es sólo un ejemplo entre muchos de que urge crear mejores sistemas de alerta pública. Sobre todo en caso de un tsunami cuyo origen sea lejano, es decir, que -tal como ocurrió en Juan Fernández- no sea avisado por movimientos telúricos perceptibles, lo que los convierte en sorpresivos enemigos.

Para la costa de Chile, observa el académico, el primer sistema de alerta debe ser el terremoto mismo. Pero según estima, eso no significa que no se deba tener un sistema de alerta estructurado, con sensores que permitan determinar con mayor precisión el riesgo y de esa forma avisar a otras localidades insulares como Juan Fernández e Isla de Pascua.

EDUCACIÓN: PRIMER PASO

 Tras la alerta preventiva de tsunami del 11 de marzo, el caos generado dejó al desnudo la marcada pobreza de preparación existente en la región ante situaciones de esa naturaleza. A raíz de las escenas percibidas, resulta primordial encontrar la mejor receta que lleve a disminuir -dentro de lo posible- este tipo de reacciones. Para Catalán, eso es un aspecto complejo, “pues la reacción de grupos humanos puede diferir de aquellas individuales, y la reacción ante un ensayo o simulacro puede diferir de la que ocurre en una situación real”.

Del mismo modo, enfatiza también la importancia de la educación y recomienda formar no sólo a la sociedad sino también a las autoridades y organismos públicos respecto de qué hacer. “Ese día (11 de marzo) había gente evacuando los cerros que son zonas seguras; por lo tanto, eso refleja el desconocimiento y sobre reacción”, sostiene.

“Nuestro tiempo de respuesta debe ser corto y no contamos con el lujo de esperar por una alarma”, advierte, y añade que “hay que educar a las autoridades para que puedan avisar en forma oportuna respecto de alertas, alarmas y lo que es igualmente importante, fin de alarmas”.

De la misma manera, Catalán acentúa que se debe educar a las instituciones públicas como Carabineros, Bomberos, entre otros, acerca de cómo reaccionar y guiar a la población. “Esto debe ser no sólo en las localidades costeras sino también en el resto del país, ya que se nos dijo que hubo casos de gente acampando que no supo que había que evacuar, mientras los lugareños ya estaban en zonas altas”.

Elaborar un sistema de alerta y alarma con características estructurales de amplio alcance no sólo en localidades específicas, es clave para Catalán, quien además sugiere un mejor monitoreo y mediciones del mar y del acceso público para que así éste resulte más comprensible.

En otro aspecto, el académico admite que “no sería sabio” descartar la posibilidad de que alguna vez ocurra un tsunami destructivo en Viña del Mar y Valparaíso. Por eso, recomienda que  lo mejor es tener bien claro qué hacer ante la llegada de uno.

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